martes, 22 de diciembre de 2009

Todo irá bien, todo irá mal.

Qué día.
Qué día tan soleado y friolento nos ha tocado en Manzanillo. En las calles la gente va y viene, intentando un discreto saludo a los demás. Seguro pasarán cosas buenas, porque el día llegó con raudales de luz, con el sonido de una estampida de caballos que se desbocan, con un tímido frío invernal.

Desde el lugar en el que escribo no es ni medio día, pero el orden del mundo parece ir más allá de las dos de la tarde. Será acaso por la media tonelada de efredrina que se incautó en el puerto. Todos los periódicos hablan de droga y cárteles. O de la niña que ganó un concurso de canto. O de los matrimonios entre personas del mismo sexo. O del despido de trabajadores. O de la ineptitud del alcalde. Y supongo que todas estas noticias son dignas de pláticas de sobremesa en los cafés: Por si no lo sabe, en las mesas de los cafetines hay grupos de políticos achacosos, calvos y de estómagos prominentes, que pasan las tardes hablando de todas estas cosas.

Pero mientras el día sigue su curso yo busco en los periódicos alguna noticia o un artículo sobre cómo le sienta a usted la tranquilidad de estos día. Quizá una nota explicando que amaneció de buen humor o ha reído mucho; que ayer se encontró con un amigo no visto desde hace años; que por fin fue a ver aquella película de la que tanto le hablaron o que alguien, en la calle, lo saludó desde lejos pero con notable alegría. Busco, de titular en titular, las razones que tiene usted para llegar temprano y de buenas al trabajo; la causa por la que pasó toda la mañana tarareando una canción; el motivo por el que hoy se ha puesto su blusa preferida.

¿Dónde habrán puesto los reporteros esa noticia? En qué página del periódico leeré que usted fue a bañarse al mar y se sorprendió de que el agua estuviera tan fría. Algo debe decir el periódico del atardecer que ayer contempló mientras sorbía una taza de café. Algo debe.

Qué difícil dedicar este buen día a buscar noticias suyas. He saltado los obituarios y las felicitaciones de media plana, he pasado de largo las crónicas sobre las catástrofes en países que no conozco; deseché, por reiterativas, las columnas que hablan de políticos; disimulé al ver la fotografía de un cadáver. Es decir, todo lo cotidiano sigue ahí: la muerte, la guerra, nuestra rabiosa y humana imbecilidad. Todo está bien y todo está mal, dijera Neruda. Pero ¿qué hay de usted? Verá: hoy tan sólo me dedico a saber y entender cosas de usted. Este es mi trabajo el día de hoy, lo hago con gusto, para tener algo qué decirle (qué escribirle), por lo menos un día a la semana. Para que usted se lea: leerse en uno mismo es leerse en los demás.

Si me contara lo que le pasa, yo escribiría una crónica y le daría un trago de café y un cigarro o tomaríamos una cerveza sentados en una banqueta. También le ofrecería palabras, para que usted haga con ellas lo que quiera. Sé que para muchos las palabras no son necesarias. Espero que para usted sí. Las palabras se pueden cambiar por amigos, fotografías, por un abrazo, por un día soleado o un vaso con agua incluso. Yo aprendí a dar y quitarlas: soy capaz de llenar un cuenco con versos para quienes amo; y también, por puro hartazgo, puedo quitarles la palabra agua y dejarlos en silencio y con sed. Pero ahora esto no viene al caso.

Mire: Junte usted la cantidad exacta de sílabas y las podrá canjear por lo que necesite de los demás. Yo tengo aquí unas cuantas palabras que le daré cuando sepa qué hay de nuevo con usted. Porque los periódicos de hoy siguen diciendo que todo irá bien y que todo irá mal. Pero no hablan de cosas suyas.

Y no, yo no me explico entonces por qué el día amaneció con este sol excesivo sobre nuestras cabezas.


domingo, 20 de diciembre de 2009

Tan feo, tan ilustre

Como dijera Luis G. Urbina: El otro día, mientras me zampaba unas tostadas en el parque de la Piedra Lisa (¿o piedralisa?), pensaba yo en eso que todo mundo piensa sobre la recién construida Rotonda de los Colimenses Ilustres. Pensaba, digo, que cosa más fea no pudo haberse hecho, que somos un pueblo con pésimo gusto arquitectónico y que para qué carajos queremos una rotonda de ilustres colimenses, si salvo los achacosos historiadores locales ya nadie quiere ser ilustre. Mejor dicho: ya nadie es ni puede ser ilustre. Paradójicamente, los únicos emocionados por tener una rotonda son aquellos que no merecen estar en ella.

Y mientras sorbía el raspado de tamarindo y pedía a la dependienta del establecimiento otra tostada sencilla, contemplaba de reojo las columnas marmóreas que, oiga usted, cómo encandilan a los comensales. Y en una de esas se me ocurrió que, dado que somos una raza muy quejumbrosa, en lugar de rotonda se hubiera construido un muro de los lamentos.

Pero entre tostada y raspado reconvine, y me dije a mí mismo, que quién era yo para desdeñar un pretendido monumento como el que tenía frente a mi vista. Y luego me deprimí por ser tan mala leche y tener pensamientos tan poco ilustres y tan poco colimenses. Aunque, cabe decirlo, mi depresión no impidió que ordenara dos tostadas más para llevar.

Pues bien, pasa el tiempo y en uno de esos días abro el periódico y me encuentro un texto de Alejandro Morales, en el que propone tirar a marro y cincel la rotonda para instalar, ahí mismito, una pista de hielo. Alejandro Morales escribió: “Una pista de hielo nos habría salido más barata que una Rotonda de los Colimenses Ilustres, y sobre todo más atractiva, visualmente hablando, que esa marmórea plasta de cemento que ni los muertos, como está visto, quieren habitar”.

Y me pregunté entonces, como Alejandro, que para qué fraguamos tanto cemento y desperdiciamos tanto espacio de un parque, si éstos son lugares pensados para que la gente se divierta, se relaje bajo la sombra de un árbol o, como en mi caso, vaya a atragantarse con tostadas y raspados de tamarindo. Además, esa idea de los colimenses ilustres me suena a vacilada. Uno no sabe si tales personajes se ganaron el título de ilustres porque ya están muertos, o están muertos porque fueron ilustres. (¿Entre más muertos más ilustres?). Hasta ahora nadie ha sabido identificara a un colimense ilustre que todavía esté vivo.

Saludo entonces la propuesta de Alejandro Morales: hay que tirar ese adefesio. Y debe hacerse rápido, antes que nos acostumbremos a verlo como cosa corriente y se nos olvide que su fea solemnidad le estorba al parque donde se encuentra.


martes, 15 de diciembre de 2009

Podría ser vos, podría ser yo...



viernes, 11 de diciembre de 2009

Cambia lo superficial, cambia también lo profundo...

domingo, 6 de diciembre de 2009

One-hit wonder

Otra vez llegué al último. Ya todos hablaron y escribieron del diputado Nicolás Contreras y su punto de acuerdo en el que demandaba claridad a la administración de Mario Anguiano. Fue el tema político de la semana. Y leí casi todo lo que se dijo y se escribió al respecto. Desde las declaraciones de otros políticos que se treparon con descaro en la ola del diputado Nicolás, hasta los artículos y columnas que pretendían demostrar (con argumentos laxos) que el punto de acuerdo del diputado aliancista fue un chanflazo; o que el asunto Nicolás-Transparencia llevaba “una gran enseñanza” que nadie supo capitalizar políticamente. Ja.

Bueno, hubo columnistas oficialistas que hasta se atrevieron a insultar al legislador, porque a ojos vistas estaba “traicionando” al ex gobernador Silverio Cavazos y al actual gobernante, Mario Anguiano. ¿Por qué? No lo sé, pero por lo que pude entenderles en Colima todos somos unos traidores (hasta yo, que soy un orgulloso colimense nacido en Apatzingán a quien no le gusta la tuba compuesta ni las encaladillas).

En lo que respecta a las páginas de Milenio-Colima, pues casi nadie se abstuvo de opinar: Alejandro Morales, Glenda Libier Madrigal, Heidi de León, Mario Solís, Bernardo Corvera. Y los leí a todos. (Y esto lo digo con el tímido orgullo de quien se entrega al inmundo placer que da el asqueroso vicio de leer periódicos). De hecho, si en este momento me aplicaran un examen de conocimientos sobre lo que se dijo y escribió en los últimos cinco días, de seguro lo paso y sin ningún error.

No obstante, concluida la semana y una vez que se apagó el tema, me pregunto para qué diablos me sirve toda esa información que traigo en la cabeza. Tras leer columnas, notas y artículos periodísticos sobre Nicolás Contreras y el manoseado asunto de la transparencia gubernamental, me doy cuenta que no me sirven para venir a decir algo nuevo. ¿Qué más se diría de lo que mañana ya casi todos habremos olvidado?

Y ahora que llego a este punto, recuerdo que hoy ni siquiera pretendía escribir sobre este tema (desde el viernes había convenido conmigo mismos que escribiría un artículo sobre la emocionante vida interior que llevan los monumentos públicos de nuestros próceres, incluyendo el dudoso Rey Colimán, y la manera en que manifiestan sus emociones cada vez que se les rinde un homenaje; pero bueno, las estatuas de nuestros próceres pueden esperar).

Aunque no cabe duda: era inevitable escribir sobre esto, porque a lo mejor será el one-hit wonder del diputado Nicolás Contreras. Entonces, de una vez vayamos sintiendo nostalgia del arranque que tuvo nuestro legislador en la tribuna del Congreso. Y pensemos, con voz en off como lo hacía Kevin Arnold (Fred Savage) en Los Años Maravillosos que, después de todo, el profesor Nicolás merecía tener una estrellita en la frente: con su acción estaba recordándonos para qué sirve ser diputado y llevar, con orgullo desbordante, el apellido Contreras.

Videotrack para treintañeros: