10.10.09

Dengluenza y desempleo

Y aunque apenas estoy saliendo de mi convalecencia, decidí que esta semana, de algún modo, debo conseguir un empleo. Y vaya que por ganas no ha quedado: Llevo dos meses buscando trabajo, pero en los últimos quince días me tumbó en cama una rara enfermedad que está diezmando a los habitantes de nuestra colonia (nota: la enfermedad todavía no tiene nombre, pero provisionalmente la hemos llamado “dengluenza”, puesto que sus síntomas son una mezcla de dengue e influenza). Por eso llevo quince días en reposo, no porque sea un “salado güevón”, sino porque los médicos del centro de salud me prohibieron mantener cualquier contacto físico con otras personas.


Pero hace un par de días, ya más o menos recuperado de este mal (que de seguro nuestro secretario de Salud, José Salazar, desconoce su existencia, pero si acaso la llega a conocer no tendrá empacho en decir que la dengluenza es un invento para atacarlo políticamente), me decidí ir a la feria estatal de (des)empleo para ver si, de pura casualidad, encontraba un modesto trabajo de secretario de estado, de asesor de gobierno o de director de alguna desas dependencias que las administraciones estatales inventan cada seis años.


Y pues no: sólo conseguí que me recordaran los estigmas de güevón y salado que pesan sobre mí. Al parecer no logré llenar el ojo a los reclutadores que insistían en tener vacantes sólo paran quienes aspiraban a ganar 150 pesos semanales. “Ganar ese salario semanal por un trabajo no pueden ser considerada una aspiración, sino una resignación”, le objeté a un tal licenciado Chaboya. Pero Chaboya , quien a juzgar por el olor que despedía su boca seguramente padece una halitosis fulminante, me dijo de voz en cuello que las vacantes que se estaban ofertando eran para colimenses con ganas de trabajar y no para güevones salados como yo. Ahí fue donde, guardando mesura y ocultando mi ira, opté por estornudar discretamente sobre la palma de mi mano y luego saludarlo de ídem, con la leve esperanza de contagiarlo de dengluenza. Confío en que Alá y su profeta Mahoma me hayan ayudado a cumplir mi propósito.


Por mi parte, desde ese día no he dejado de de llamar a amigos y amistades para preguntarles si acaso saben de alguna vacante. “Algo sencillo, lo que sea, no importa” suelo decirles en un tono de quien ya sólo tiene un paquete de galletes saladas en la despensa. Algunos han prometido que me llamarán en cuanto se enteren de algo o que preguntarán en sus respectivas empresas si acaso está vacante la gerencia.


Francamente creo que a estas alturas será muy difícil encontrar trabajo. Y aún así insisto porque, ya lo dije antes, no me siento cómodo con el hecho de pasarme todo el día en la cama y con la televisión encendida, viendo repetidamente los capítulos de la tercera temporada de The Office. Bueno, siendo honestos sí me siento cómodo, y hasta podría disfrutarlo a perpetuidad si no fuera por los molestos accesos de tos que, debido a la dengluenza, me atacan cada vez que quiero reírme a mandíbula batiente.


Además, en casa ya estamos sufriendo los estragos de la austeridad alimenticia a la que nos hemos sometido. Y eso incluye también a la Chicuatana, nuestra fiel perra labrador, pues ya no le compramos croquetas y ahora optamos por dejarle la puerta abierta para que salga a la calle a conseguir sus propios alimentos. Pero esta mañana, nada menos, la Chicuatana nos sorprendió a mi mujer y a mí: volvió a casa trayendo entre su hocico el cadáver de una gran iguana verde. Nos conmovió el hecho de que, incluso, la fue a depositar en la cocina, al pie de la estufa. Entonces también por esto me urge conseguir empleo, porque no dudo que un día la Chicuatana regrese de la calle trayendo entre sus fauces a algún político tecomense. Y eso sí debe ser algo muy asqueroso.