23.9.09

Inmoral y respetable

Esto es una telenovela, por supuesto: el sábado, un respetable periódico de circulación estatal que no tuvo nota principal, decidió publicar a ocho columnas una declaración del C. Silverio Cavazos en la que llama “inmoral” y “malosillo” al C. Héctor Sánchez (dueño de otro periódico igual de respetable que el primero). La declaración del C. Silverio la emitió, según consta en la referida nota, en un programa radiofónico en el que le preguntaros sobre “los calificativos que le hicieron”, el pasado jueves, en una columna de linchamiento que se publica en el periódico que es propiedad del C. Héctor.

A mí (como cualquiera buen colimense nacido en los Altos de Jalisco), este tipo de pleitos entre nuestro gobernante y el dueño de uno de nuestros periódicos, me hacen recordar lo orgulloso que me siento de la política y el periodismo de esta tierra, pródiga en cocos, palmeras y franquicias. Pero el asunto llama la atención porque, como todo buen colimense (nacido en los… etc.), casi puedo coincidir con lo que el C. Silverio dijo del C. Héctor; pero también puedo coincidir con lo que se escribió, en el periódico del C. Héctor, sobre el estilo de gobernar del C. Silverio.

Aunque considero más interesante esa parte del pleito en la que uno le llama “inmoral” al otro, sobre todo porque me parece que el C. Silverio, quizá exaltado por el coraje que hizo al leer lo que leyó en el periódico del C. Héctor, utilizó un calificativo inapropiado. Y es que está documentado que los términos “moral” e ”inmoral” pierden valor y fuerza en boca de un político, sobre todo si ese político usa bigotito. Por lo demás ¿cómo puede uno probar que alguien, involucrado en el periodismo, carece de moral? Se supone que el ejercicio del periodismo se aparta de cualquier postura moral, y ya ni digamos de las inmorales. Por eso, en lugar de “inmoral”, nuestro gobernante debió utilizar términos y calificativos un tanto más concretos y comprobables: el vocablo imbécil, por ejemplo, me parece que se prestaba más para la ocasión.

Si ese hubiera sido el caso, al C. Silverio podría, con ayuda de un par de siquiatras (aunque fueran de mediana capacidad) probar la imbecilidad del C. Héctor Sánchez. Bastaría con echar una ojeada a los textos que acostumbra publicar y firmar en las páginas del periódico de su propiedad (cualquiera de ellos es muestra de que su ñoñez y ramplonería lo llevan a formular razonamientos francamente obtusos).

Ahora bien: esto tampoco podría ser un consuelo para el C. Silverio, puesto que si esos mismos sicólogos escuchan o leen cualquier declaración que haya emitido en las últimos tres días (“los involucrados en la balacera no eran de Colima”), se darían cuenta que también tiene un serio problema. Y es que, según la Ley de Murphy, cuando un tonto llama tonto a otro tonto, las fuerzas se invalidan y queda sin efecto cualquier intención de insulto.

Entonces, ante esta potencial situación, conviene que tanto el C. Héctor como el C. Silverio vuelvan sobre sus respetables palabras y rectifiquen su discurso y sus insultos. Porque así no tiene ningún chiste sentirse orgulloso, como todo buen colimense nacido en los Altos de Jalisco, de esta tierra de iguanas, pericos y caracoles.

Milenio Colima. Sept. 2009.

18.9.09

Sopa de falsa tortuga

En Alicia en el país de las maravillas, Lewis Carroll hace aparecer un personaje llamado “La Falsa Tortuga” y que no es otras que (¡adivinó!) una tortuga falsa. Pero para dejar en claro qué es exactamente una falsa tortuga, Carroll hace que la Reina de Corazones le explique a Alicia la naturaleza del personaje: “¿Nunca has comido sopa de tortuga? (le pregunta la Reina a Alicia sin esperar respuesta), pues hay otra sopa que parece de tortuga, pero no es de auténtica tortuga. La Falsa Tortuga sirve para hacer esta sopa”.

La particularidad de este personaje, además de que ni siquiera puede ser algo auténtico, es el hecho de que siempre se la pasa gimoteando y llorando porque ya no puede ser una tortuga de verdad. Un episodio gracioso de este personaje es cuando le cuenta a Alicia una historia sobre sus días en la escuela del mar: “Nos enseñaban a beber y a escupir, naturalmente. Y luego, las diversas materias de la aritmética: a saber, fumar, reptar, feificar y sobre todo la dimisión”, dice entre lloriqueos la Falsa Tortuga.

Pues bien, esto de la Falsa Tortuga viene a cuento porque ayer, en una infame columna de linchamientos, publicada por un diario de circulación estatal, se hace referencia a la proclividad por el lloriqueo que en últimas fechas ha hecho gala nuestro gobernador Silverio Cavazos Ceballos. Además, en ese mismo diario se burlan, con exacta impunidad y seria desfachatez, de las recientes declaraciones en las que dicen que Silverio Cavazos dijo que escribiría un “ensayo” para presentarlo al Congreso de la Unión y en el que, a modo de Og Mandino, nos dirá a todos los mexicanos cómo debe gobernarse este triste país. Desde luego, apuntan los burladores, ese ensayo estará sustentando en las acciones y prácticas de gobierno que Silverio Cavazos impulsó durante su administración (aquí el lector puede hacer una pausa en su lectura para rascarse la cabeza mientras intenta recordar cuáles fueron esas acciones de gobierno).

Ahora bien: La forma en cómo se burlan de la falsa inteligencia de nuestro gobernador saliente es como para escandalizar a cualquier cualquiera. Yo mismo, que soy el mejor de los cualquiera, me sentí ofendido con esta intención de hacer pasar a Silverio Cavazos como una gobernador auténtico. Que Silverio Cavazos sea imprudentemente chillón y que ni siquiera sepa de lo que está hablando cuando declara, por ejemplo, de la seguridad pública, no debe ser impedimento para que alguien haga bromas sobre su persona y, mucho menos, de su investidura. Yo jamás me atrevería a no hacerlas. Más todavía, me parece lamentable que deba respetarse a alguien que, por lo menos en su imaginación, hizo de Colima un estado modelo, con primeros lugares nacionales en todo (aunque luego nos quiten el reconocimiento respectivo por andar falseando datos que sí son auténticos, o que su argumento con respecto a los asesinatos y ejecuciones sea que, tanto víctimas como victimarios, no son de Colima).

Por lo demás, yo sí creo que Silverio Cavazos sea capaz de hacer un ensayo (incluso es posible que lo pueda escribir), porque sin duda alguna es un hombre que debió ir a una escuela donde le enseñaron a beber y a escupir naturalmente y que, por lo bajito, aprendió a reptar y a feificar, pero sobre todo a usar la dimisión.

Así que a ver si ya van dejando en paz a este pobre hombre, cuyo único error es creer, con fe ciega, en su autenticidad.

16.9.09

La pequeñez

Mientras a nuestros secretario de Salud, José Salazar Aviña, le urge que Colima aparezca en engañosas estadísticas sobre la calidad y cobertura en los servicios estatales de salud, los casos de influenza se multiplican, el dengue sigue a galope y el gobierno federal le retira a Colima un supuesto reconocimiento que le otorgara en el 2008 por el desempeño en la ejecución de programas del Centro Nacional para la Salud de la Infancia y la Adolescencia.

Recientemente Salazar Aviña emitió una declaración para decir que “en dos meses”, Colima bajará su incidencia de dengue en las estadísticas nacionales, debido a que hay otros estados peores al nuestros: “es decir que Guerrero tiene nueve mil 567 casos y nos rebasa por mucho ya que Colima tiene cinco mil 675, es decir, está Guerrero, Veracruz, Jalisco, Michoacán y Oaxaca ya como estados con más casos de probables de dengue”, señaló el funcionario. A esto, uno podría agregar: Mal de muchos, consuelo de secretarios de Salud.

Gracias a que otros estados tienen registrados un mayor número de casos de dengue, Colima descenderá algunos peldaños en esa infame estadística. Desde luego, esta declaración refleja, notoriamente, la incompetencia de José Salazar Aviña. Recuérdese, por otro lado, que hace dos años el gobierno federal, a través de su Secretaría de Salud, aportó al estado una buena cantidad de recursos para el combate del dengue en Colima. De igual, hasta los empresarios y medios de comunicación le entraron con todo a una campaña de prevención que resultó exitosa, toda vez que disminuyeron notablemente los casos de dengue clásico y hemorrágico. Desafortunadamente ese tarea conjunta no sirvió de nada, puesto que la secretaría estatal de Salud no le dio continuidad ni supo aprovechar esa inercia para que Colima saliera del atolladero del dengue al que, año con año, regresamos indefectiblemente por no tener acciones permanentes de prevención.

Y es irónico que mientras el gobierno estatal insista en que Colima tiene uno de los mejores índices de calidad de vida, la población es asolada por una enfermedad considerada como propia de la pobreza. Desde luego, esto no quiere decir que seamos un estado de pobres en su acepción clásica, pero sí denota miseria en los esfuerzos y capacidades de quienes están al frente de la secretaría de Salud. Por el mismo frente, los casos de influenza humana se multiplican y hasta da la impresión de que Salazar Aviña y su dependencia ni siquiera sabe qué hacer o qué medidas tomar para frenar su avance.

Lo más probable es que el funcionario y su equipo apelen a la conclusión de la presente administración para heredarle a la siguiente estas “pequeñeces”. Pero, claro está, no hay ninguna solución en esto. Miserables.

14.9.09

Sotelera

Con la oportunidad que siempre lo ha caracterizado, el senador perredista Carlos Sotelo, acaba de anunciar, en rueda de prensa y toda la cosa, que presentará un punto de acuerdo ante el pleno del Senado para solicitar que se suspenda, “temporalmente”, la instalación de la regasificadora en Manzanillo.

El anunció es notable, entre otras cosas porque da la impresión de que Carlo Sotelo llega tarde y mal peinado para hablar de un asunto que ya no tiene vuelta de hoja. Hace poco más de un año, cuando el gobierno federal y el estatal oficializaron el arranque de las obras de la regasificadora, todos los sectores empresariales del Estado se volcaron en felicitaciones y porras al proyecto. Por esos días resaltaban desplegados en los que se dejaba asentado el beneficio económico que traería a Colima la instalación de la regasificadora. Pero ninguna autoridad, representante, funcionario, legislador o político se prenunció en contra de los daños ecológicos y sociales inminentes en esta parte del municipio. Quizás las únicas voces que se escucharon fueron las de una asociación de ecologistas y una organización de vecinos de la comunidad de Campos, quienes denunciaron atropellos e irregularidades en el proyecto.

Ahora, el senador perredista dice que el punto de acuerdo que presentará no sólo ¿propondrá? la “suspensión temporal” de la obra, sino que también buscará que el Senado ¿considere? otros puntos ya tardíos. Así, asegura que habrá de solicitar a las comisiones respectivas del Senado que, a su vez, soliciten a la CFE y a la Semarnat información sobre el daño ecológico en la región (cosas por demás inútil, porque el daño ya está hecho y es irreversible); que solicitará que se solicite a la CNDH iniciar un proceso de investigación sobre presuntas violaciones a los derechos humanos de los habitantes de la zona (¿Cuáles derechos? ¿Cuáles humanos? ¿Cuáles habitantes?) y que, además, se conforme una comisión de senadores para venir a visitar y supervisar la obra con el objeto de que tengan “mejores elementos para opinar sobre el tema” (¿Y si mejor conforman una comisión de ciudadanos que ya tienen “elementos” y saben opinar sobre el tema para que vaya a explicarle a los senadores, con peras y manzanas, las implicaciones ecológicas de la obra?).

Y, en última instancia, cabría preguntarse por qué razón el senador Sotelo solicitará que se detenga “temporalmente” la construcción de la regasificadora, cuando sabe perfectamente que no le harán caso. O sí le harán caso, pero es seguro que los demás senadores pensarán que el asunto está fuera de tiempo o que Sotelo es muy despistado y ni siquiera sabe de lo que está hablando. En tanto, es probable que los demás representantes colimenses comenten, en los pasillos del Senado, que el punto de acuerdo presentado por Sotelo es lo que por estas tierras se conoce como una nanguera.

Aunque ya entrado en materia, el senador perredista debería presentar otro punto de acuerdo para solicitar que se suspenda temporalmente el avance de las fuerzas oscuras de Sauron hacia la Tierra Media, sólo mientras los hobbits consiguen destruir el anillo. De lo contrario, todos estaremos perdidos.

Correo de Manzanillo 07 de sept. 2009

13.9.09

Político con osito de peluche

Finalmente —pensaba el político al acostarse—, todo esto de gobernar y administrar recursos públicos es muy cansado. Tedioso sobre todo. No le queda tiempo a uno para pensar en otra cosa que no sea tomar decisiones sobre la vida ajena. Que si los recursos no alcanzan para tales obras, que si el banquete en honor de Fulanito, que si la gira de promoción turística. Aunque vale la pena saberse respetado y tener poder para decir sí o no cuando me dé la gana, o a quien me dé la gana, según. También es agradable la zalamería y el buen trato al que, indefectiblemente, los gobernantes estamos sujetos.

Porque —reconsideraba para sí—, a quién no le gusta que lo consientan y que nunca le lleven la contraría. Ahora bien: de todos modos la gente es muy ingrata, tan pronto termina el periodo de gobierno suelen olvidarse de uno. O, por el contrario, nos achacan cosas ruidosas: que si faltó dinero en las arcas, que hubo corrupción, que dispendios y falsedades, tráfico de influencias... En fin, todos esas menudencia que necesariamente van ligadas al poder. Caramba, si esas cosas son necesarias: se requiere caer en ellas para gobernar a nuestras anchas, sino qué chiste. Pero la gente no lo entiende. Ahí están los periodistas falsarios, por ejemplo: cuando les conviene son nuestros aliados, nuestros amigos o mascotas. Pero luego, en cuanto uno les hace mala cara o no les otorga lo que piden, se echan encima como perros en jauría, muerden la mano que les da de comer. Ah, si no los conociera yo.

Aunque —se justificaba el político acomodándose la almohada— , uno no es culpable totalmente, es la condición humana lo que nos traiciona, sí, la malditita condición humana que está por encima de los buenos preceptos y modales. Digo, si no fuera así, habría un santo en cada persona. Y es que la gente, después de todo, no nos entiende, no comprende cómo es la política y el esfuerzo que ponemos para poder gobernarlos. Son tan ingratos que, además, exigen y cuestionan sin ninguna falta de consideración sobre lo que hacemos o dejamos de hacer. Ellos qué saben. Qué pueden saber de lo que tenemos que lidiar día con día. Uno también es humano, se cansa, necesita de vicios, de secretos inconfesables, de emociones más altas, más rápidas, más caras.

El poder no es fácil. Hay muchos que tiran patadas a ciegas, alimañas que lo quieren morder, traidores que ponen zancadillas. Si se descuida uno un poquito así le anda yendo. Todo lo que se logra con tantos años de esfuerzo se va al caño, y llega otro a hacer leña del árbol caído. Así como yo lo hice y lo volvería hacer. Todo somos la misma bestia, aunque tenemos diferente cabeza. Mejor andarse con tiento. Los enemigos y detractores emergen donde menos se lo espera. Y no dudo que entre mi gente haya varios judas: ahorita me besan la mano, pero llegará el momento en que me señalen inquisitoriamente.

En fin, que igual y a lo mejor ellos no tienen la culpa de eso, es también la condición humana los que los hace ser así, tan malagradecidos y exigentes.
Sí, en verdad es la condición humana la culpable de todo: cuánto darían muchos por haber sido, en lugar de hombre o mujer, un gorrión o un árbol de flores amarillas. Pero no, esto nos tocó ser, y no modo —concluía el político en sus razonamientos al tiempo que abrazaba su osito de peluche para arrullarse.

10.9.09

Un secretario de Turismo

Al suprimir las secretarías de Turismo, de la Reforma Agraria y de la Función Pública, el gobierno federal estaría desmantelando una estructura burocrática que, a decir del presidente Calderón, le permitirá a su administración canalizar recursos a otros rubros, como el combate a la pobreza o la obra pública. Queda claro que las funciones prioritarias de estas dependencias serán canalizadas a otras secretarías. Así, en lo que respecta al rubro turístico, la Secretaría de Economía o Desarrollo Social le entrarán al quite. Es decir, la promoción turística seguirá realizándose, pero desde otro frente y sin gastar enormes cantidades de dinero en sueldos y gasto corriente.

Me interesa particularmente el asunto de la desaparición de la secretaría federal de Turismo, porque recientemente el secretario estatal de Turismo, Marcelino Bravo Sandoval, se lamentó de tal hecho y aprovechó también para quejarse de sus comezones: “La actividad turística en general no sobrevive sólo con el presupuesto del estado, sin la combinación del presupuesto federal no hay posibilidad de seguir trabajando, no tenemos muchas uñas para rascarnos”. Su declaración es interesante, porque el funcionario estatal, siguiendo un razonamiento un tanto estúpido, da por hecho que el gobierno federal dejará de generar apoyos y programas para el sector turístico, cuando este rubro es uno de los que más influye en la economía nacional. Por otro lado, la existencia de secretarías de Turismo en cada estado deja en claro que los gobiernos locales puede (y deben) hacer mucho por mantener y generar actividad turística, incluso buscando nuevos e imaginativos esquemas de promoción, ahora que la economía global no anda tan bien como se quisiera.

Y es que desgraciadamente nuestro país tiene vocación turística, y eso facilita las cosas para atraer incautos a nuestras playas o ruinas arqueológicas. Pero digo desgraciadamente porque opino que el turismo es una de las actividades económicas más deleznables que hay: los turistas son esa clase de gente que viaja a otros sitios a sufrir o a provocar incomodidades, y a pesar de ellos los anfitriones siempre tiene que atenderlos y sonreírles a cambio de que gasten sus centavos. En Manzanillo, por ejemplo, tan pronto llega un crucero cargado de molestos y achacosos americanos, los funcionarios turísticos corren al mulle, a las ocho de la mañana, a recibirlos con un ballet folclórico y una botella de tequila, tratándoles de vender la mala idea de que aquí todos sabemos zapatear el Tilingo-lingo y bebemos tequila y echamos huecos a la menor provocación.

Bien, pues en tanto Sergio Marcelino Bravo decía lo que dijo, el C. Sergio Sánchez Ochoa (a quien las quinielas lo ponen al frente de la secretaría de Turismo en la próxima administración estatal) abonó a las necedades del primero, diciendo que: “si lo que quieren es ahorrar dinero, entonces que recorten el gasto a la Suprema Corte de Justicia de la Nación, al Poder Legislativo y otras áreas improductivas; el país necesita en estos momentos la promoción de la derrama económica en un sector tan bondadoso como el turismo”. Al respecto, reconozcamos que, en efecto, las dos instituciones que menciona son iguales o peor de dispendiosas, pero insinuar que son improductivas es ya una testarudez. En esas dos instituciones se sostiene parte de la gobernabilidad de este país. Es pues una tontería su dicho, pero sobre todo porque, en algún momento de su vida, Sergio Sánchez participó en las elecciones buscando convertirse en diputado local. Es decir, en su ingenuidad de antaño no sabía que al pretender una diputación corría el peligro de entregarse furiosamente a la improductividad del poder legislativo local.

Pero bueno, a lo que voy es que, con las declaraciones emitidas por Sergio Primero y Sergio Segundo, queda demostrado que para pretender, o ser, secretario de Turismo no se necesita siquiera ser un poquito sagaz o inteligente. Cualquiera que no esté tonto o loco (o que también lo esté, qué caramba) puede dedicarse a la promoción turística.

Quizá por eso Felipe Calderón le dijo adiós a muchos funcionarios que viajaban en primera clase bajo el argumento de que iban a promover los atractivos turísticos y que, por ser atractivos precisamente, ya ni siquiera deberían promocionarse.

1.9.09

El octavo mandamiento

De algún modo, los políticos de este país lograron domesticar la mentira y el engaño hasta tenerlas por herramientas cotidianas en sus tareas y cargos públicos. El engaño está íntimamente ligado a la demagogia, tan socorrida en tiempos electorales. Pero la mentira tiene mayor aplicación en el campo del servicio público o en el ejercicio del poder. Un gobernador o presidente, por ejemplo, suelen mentir a la ciudadanía basándose en la máxima de que los gobernados no deben saber la verdad, o al menos no toda la verdad, si es que existe.

En los tiempos en que surgió el periodismo como una profesión, los periodistas tomaban como deber principal descubrir esa verdad que los gobernantes excluían de sus discursos. Cuando el poder políticos se dio cuenta que convenía tener un periodismo subsidiado (el periodismo oficial) que hiciera eco de sus mentiras, logró montar intrincados engaños a lo largo de extensos periodos. En México, por ejemplo, el priiato apuntaló engaños que se extendieron por generaciones. Esto, a pesar de que muchísimo tiempo atrás, la religión había condenado a los mentirosos a ser unos pecadores. Pero en un país de contradicciones, no está mal visto que un personaje público sea extremadamente religioso y mentiroso al mismo tiempo. Y la mentira pública, tan noble ella, a la larga terminó siendo uso exclusivo de quienes ostentaran el poder: ya fuera político, económico o periodístico (porque es innegable que hay un poder periodístico y, como todo poder, también está sujeto a caer o hacer uso de la corrupción y el engaño).

En la literatura, según viejas noticias, la mentira ha sido confundida con la ficción. Aún hoy, hay autores que sostienen que escribir literatura es mentir (pero usted no les crea mucho). En ese plano, la humanidad tiene hermosos libros donde las mentiras de un personaje desencadenan entrañables historias: El Pinocho de Carlo Collodi originalmente era una criatura horrible que terminaba ejecutada a causa de sus mentiras y engaños; pero las ganas de aleccionar a los niños hizo de Pinocho una obra menos terrible para mostrar las bondades del arrepentimiento. Así, el Pinocho que hoy conocemos concluye con una recompensa a la marioneta de palo, convirtiéndose en un niño de verdad cuando se arrepiente y promete enmendar sus errores. Pero, en lo particular, mi parte favorita de la historia son las aventuras que la marioneta vive gracias al buen uso de la mentira.

Por otro lado, el novelista chileno Luis Sepúlveda refiere, en “Patagonia Express” (un notable libro de memorias y viajes) que en una región de la Patagonia existe un concurso anual de mentiras. El concurso es organizado por una estación de radio y, dice Sepúlveda, las mejores mentiras son transmitidas al aire, en tanto que el ganador recibe como premio una vaquilla Holsten. Des luego, las mentiras ahí contadas son mero divertimento que, si bien pretenden escamotear la verdad de un hecho, no acarrean consecuencias negativas para nadie. En tanto, el inglés Bruce Chatwin, quien escribiera un libro titulado “En Patagonia” (uno de los libros de viajes que más he disfrutado como lector), aseguraba que en el mundo entero no hay mentirosos más grandes que los patagones. Esto, dicho en un tono amable, casi como un cumplido. La mentira de los habitantes de Patagonia no es utilizada para fines lesivos, sino para celebrar la vida y reinventar las desgracias en algo más llevadero.

Y es debido a ese tipo de mentiras por las que uno quisiera ser llamado un mentiroso. Y no se debe olvidar que un político, cuando hecha mentiras para mantenerse en el poder, no es un mentiroso, sino un perfecto hijo de la chingada. Ahí tiene usted la gran diferencia.

Milenio-Colima 30 de Agosto del 2009