27 ago. 2009

Simitrio

Nuestro secretario estatal de Educación no ha de estar consiente de lo que declara. O quizá sí, pero le gusta hacerse de la vista gorda (nota para mí mismo: investigar si los oculistas locales están capacitados para hacer exámenes de la vista gorda). Recientemente, don Margarito Espinosa Mijares declaró algo sobre los exámenes de oposición que recientemente presentaron los maestros colimenses; dijo lo siguiente: “en Colima nos fue muy bien, pero creo que es un reflejo de que hace falta darle énfasis a la formación continua de los maestros tanto en servicio como a los que están en preparación, creo que debemos de reforzar ese aspecto y es un compromiso de la Secretaría de Educación analizar los resultados y trabajar en ello”.

Y observó que los maestros de Colima obtuvieron resultados por encima de la media nacional. ¿Qué cuál es la media nacional? Ignórolo, pero no ha de ser muy alentadora: en Jalisco, 8 de cada 10 maestros reprueban ese mismo examen. El dicho de nuestro maestros número uno de Colima debería ser considerado como algo confuso, pero dado que el funcionario no reveló datos reales, los ciudadanos debemos confiar en la benevolencia y potencialidades de nuestros sistema de educación. No obstante, habrá que preguntarse, nomás por contrariar, la razón de no dar a conocer los resultados de la evaluación, si es que, como asegura, “nos fue muy bien”.

Aquí también cabe levantar la mano para preguntar lo siguiente: ¿Es bueno o malo estar “por encima de la media nacional”? ¿Hay que dar brincos de alegría o maldecir nuestra suerte? Mientras nos llegan las respuestas, pensemos que el maestro Margarito debe sentirse reconfortado porque la pésima preparación y capacitación de los maestros no es privativa de nuestro estado ni de nuestro país. Mal de muchos, consuelo de etc.

Ahora bien, es un hecho que, en materia de educación, todos los mexicanos no sentimos expertos y capaces de opinar: que muy bajo el sueldo de maestros, que poco presupuesto para el rubro educativo, que el sindicato y sus líderes charros o sus lideresas feas, que los aviadores en las dependencias, que los maestros flojos, que las plazas escasas y una larga lista de etcéteras. Y quizá nos inclinamos a la crítica porque la mayoría de los mexicanos no guardamos gratos recuerdos de nuestro paso por las aulas.

Hay quienes aseguran, incluso, que el origen de todos nuestros males como país (corrupción, violencia, delincuencia, abuso de poder) está en la pésima educación que recibimos en el sistema escolar infantil. No lo dudo. Me pongo de ejemplo: si soy un irrespetuoso y maleducado acaso se lo debo a mis maestros que, entre puentes vacacionales y mítines políticos, se gastaban el calendario escolar.

Supongo que ahora las cosas son más densas: los maestros se dan el lujo de tener un partido político, olvidando su principal responsabilidad en las aulas y dejando de lado el mejoramiento del sistema educativo. En tanto, Elba Esther Gordillo, lideresa nacional del magisterio, es la personificación de las desgracias sindicales que aquejan al país. Pero el grueso de los profes, tan nobles ellos, no la reprueba ni se atreven a bajarla de su pedestal. Digo que dan ganas de ser Simitrio en épocas en las que la venerable figura del maestro parece difuminarse.

Con gusto le pondría una tache al maestro Margarito, pero me atendré a que en Colima “estamos por encima de la media nacional”.

Lo que sea que eso signifique.

A todos los bailes

Nota para mí mismo: En el remoto caso de una reencarnación, procurar convertirme en cantante de música grupera...

las medias tazas



Jo, jo, jo, jo, jo....

25 ago. 2009

Centavos


Quizá me juzgará ruin o desalmado, pero debo decirle con total honestidad que no soy de los que redondea sus centavos. En estos tiempos de crisis no lo hago: yo no regalo los centavos que con tanto esfuerzo gano. No consiento que alguien se atreva a tomar mis monedas de diez, veinte o cincuenta centavos como un botín. No permito que una cajera de centro comercial quiera arrebatarme, en nombre de una supuesta filantropía corporativa, los centavos que apenas si me alcanzan para comprar gallinas flacas y cebollas bofas y melones agrios.

Al principio, cuando las cajeras del supermercado preguntaban por vez primera si deseaba rodear mis centavos, acaso llegué a decir que sí par de veces. A lo mejor porque me encontraba distraído o quería salir de la tienda lo más rápido posible. Pero después de esas dos ocasiones, nunca más volví a decir que sí a esa pregunta tan absurda. Llegué a ensayar, incluso, respuestas que fueran iguales de tontas a la pregunta que me formulaban. Una vez le dije a la cajera: “hasta donde estoy enterado mis centavos siempre han sido redondos, no los redondee más por favor”. Claro, fue una manera muy estúpida de negarme. Lo admito. Pero en otra ocasión, apenas terminó la cajera de preguntarme si deseaba unirme “al redondeo”, yo la miré al rostro como quien mira una mariposa disecada y luego le dije, con total aplomo, lo siguiente: “Excuse me, I don`t speak Spanish”. Después me alejé de ahí, cantando entre dientes una canción de José Alfredo Jiménez.

Mi esposa, por su parte, dice avergonzarse cada vez que me niego a redondear nuestros centavos cuando estamos los dos juntos frente a la cajera. ¿Qué van a decir nuestras amistades si alguna vez te escuchan que no quieres redondear?, suele increparme en tono recriminatorio. A esto, siempre le respondo que no se preocupe, que de cualquier modo, somos nosotros quienes terminamos diciendo peores cosas de nuestras amistades. Pero eso no basta para que deje de preocuparse al respecto.

Cierto día que mi esposa y yo pagábamos la cuenta de la despensa, le dije a la cajera que no se me pegaba la gana regalarle al centro comercial mis centavos. Ahí fue donde entró la labor diplomática de mi esposa: se disculpó con la cajera repetidas veces por el supuesto tono tan agresivo con el que me dirigí a ella. Luego le aseguró que, en compensación por negarme a participar en la campaña del redondeo, yo le daría una buena propina al cerillito. Cosa que hice, pero nomás porque el cerillito se portó a la altura de las circunstancias y empacó los artículos que habíamos comprado en estrictos orden alfabético (ya sabe usted: los manojos de acelgas en la misa bolsa que los aguacates y el azúcar, etc.).

De cualquier forma, yo seguiré negándome a que una cajera me arrebate mis diez centavos. Porque el redondeo me parece una tácticas confusa y abusiva de las cadenas de tiendas para quitarle su dinero a la gente decente, asegurando que esas monedas irán a manos de una asociación civil dedicada, por ejemplo, a salvar iguanas tecomenses. Si una cadena de supermercados está tan interesada en valvar iguanas tecomenses, pues que done su propio dinero, no el que le quita a los consumidores y después ¿entrega? a nombre de la tienda. Por lo pronto, para evitar la pregunta necia de las cajeras, cada vez que voy al supermercado me pongo la camiseta en la que escribí, con letras muy grandes, lo siguiente: “Yo (aquí va el dibujo de una calaverita) el redondeo”.

En todo caso sigo esperando el día en que los supermercados emprendan una campaña de devolución de monedas. Ojalá me regresen esos ochenta centavos que, por tonto, llegué a regalarles en esas dos ocasiones que dije sí al redondeo. Y créame: en estos días de austeridad y problemas económicos extraño de verdad esos centavos.

Milenio Colima 23 de agosto 2009

20 ago. 2009

Alegría del apostador

El domingo, antes de merecerse un trago de café, el buenosdías o la brillante indiferencia de los vecinos, el apostador procura ir a toda prisa al estanquillo del centro comercial. Le gustan mirar los periódicos: hurgar sus titulares y encontrar en ellos errores del tamaño de una pata de elefante. Le gusta preguntar al despachador el precio de los cigarros sólo por saber cuántas monedas hacen el humo de una cajetilla. Pero de todas las cosas refulgentes que hay en el estanquillo, la que más le gusta es la serie de los billetes de lotería. Le gusta mirarlas con discreción y calma si es posible y comparar sus cifras con la fecha en que ha de acabarse el mundo.

El apostador y el despachador del estanquillo debería ser hermano. Uno sabe que el otro dejó de fumar antes de encarecerse los cigarros y que, en realidad, al apostador no le importan en demasía las pisadas de un elefante. El despachador respeta que el otro se pierda, silencioso, en los billetes de lotería. Respeta que el apostador dude en comprar esta o aquella serie cuando la indecisión cintila aparatosamente en su frente. El despachador ama la discreción así como se ama un iceberg: cuando alguien le paga con minúsculas monedas, alza su voz para cantar su canto de sirenas: Que tenga usted suerte, dice con su voz a todo pecho. Y al escucharlo, parece que esa frase sólo quedaría bien en su boca: no en la boca de quienes antes del café dominical salen de casa, presurosos y somnolientos, a comprar la lotería o a apostar en el infame casino repleto de máquinas tragamonedas.

Y es evidente que muchos no tienen la suerte del despachador de billetes de lotería ni del infame dueño de un infame casino. No han visto todavía un milagro circunstancial en ellos: nadie ha llamado a gritos desde la puerta una mañana, anticipando que ese número, ese billete que ayer compraron y descansa en un rincón de la cartera, es el número del premio que el periódico anuncia con letras del tamaño de una pata de elefante.

Pero qué piadosos pasan los días y las semanas, cuando el apostador, todavía medio dulce o amargo por el café de la mañana, antes de llegar a su trabajo hace una pequeña escala en el estanquillo para mirar el resultado del sorteo. Y de pronto la esperanza le crece en la mirada, imponente como un iceberg que se desgaja. Y entonces, al comprobar otra vez que los deseos y la suerte no son la misma cosa, sabrá que se le hace tarde para llegar al escritorio, que todavía tienes papeles pendientes por sumar o por restar o por quemar.

Mientras, la fortuna, la de uno y la de todos los apostadores, flota discreta e incontenible en el billete de lotería que nadie compra y que se mece estúpidamente en el aparador del estanquillo, sobre todo cuando el despachador canta esa hermosa canción que habla sobre la suerte.

Le soltamos la rienda

Mientras la dirigente estatal del mipriismo, Itzel Ríos de la Mora, acaba de descubrir, para asombro de todo aquél que lo ignoraba, que “la política la hacen las humanos, y los humanos nos equivocamos”; el gobernador electo, Mario Anguiano anunció, haciendo uso del penoso plural mayestático, que “Vamos a dejar los zapatos de futbol y vamos a comprar las espuelas y los botines porque vamos a andar muy seguido a caballo”.

Ambas declaraciones de los compañeros mipriistas mueven (¿conmueven?) a hacer serias reflexiones en torno al lugar que ocuparán los animales en la próxima administración estatal. Si a decir de la dirigente estatal “los humanos nos equivocamos”, entonces ha de ser acertada la decisión del gobernador electo en lo que respecta a andar siempre a caballo. Será porque, como todos saben, los caballos son bestias muy nobles e inteligentes y pocas veces se equivocan. Y la montura de nuestro próximo gobernador ha de ser excepcional: llevó a Mario Anguiano hasta Talpa y, por su fuera poco tal hazaña, también lo trajo de regreso.

Sobre lo mismo, recuérdese que, en “Rebelión en la granja” de Orwell, aparece un caballo de nombre Boxer, el animal más trabajador y gobernable de todos los que hay la granja. Si la jornada de trabajo era de diez horas, Boxer se proponía trabajar catorce, para contento de Napoleón y Snowball, los cerdos gobernantes. Es decir, los caballos no sólo suelen ser más inteligentes que sus propios jinetes, sino también más trabajadores. Así, es de esperar que el futuro gobernador de Colima sea alentado a trabajar más, siguiendo el ejemplo de los caballos.

En tanto, se atisba es esa posibilidad de que, de tanto andar en su montura y aparecer en acaballo en los medios de comunicación, Mario Anguiano termine encarnando la caricatura que ya es en papel: el rancherito de juguete que el cartonista Rima dibuja siempre de manera benevolente y que, de tanto empeño en la benevolencia al momento de ser trazada, termina siendo anodina. Pero el caballo, eso sí, es el complemento perfecto para la personalidad endeble de un político que pareciera no querer estar donde ahora está: en lugar de despacho, Mario Anguiano parece estar pidiendo a gritos una caballeriza. Supongo que la próxima administración estatal se caracterizará por tener, en lugar de gabinete, un grupo de caballerangos. Lo que no está mal, siempre y cuando sepan montar bien y no se caigan del caballo en el primer relincho.

En plan serio, quiero pensar que el bucolismo que se está instalándose en lo que será el próximo gobierno estatal, por lo menos traerá mejores políticas y programas para el campo. De lo contrario, esa pose campirana de Mario Anguiano sólo puede significar que Colima tendrá como gobernador un charro demagógico. Pero, en última instancia, queda apelar al descubrimiento que hizo la dirigente mipriista: “los humanos nos equivocamos” al hacer política; pero el animal que montará el próximo gobernador no puede equivocarse. Y si dejamos que ese caballo haga un poquito de política, sin duda que terminará desbancando a Mario Anguiano. En una de esas, es posible que se inviertan los papeles y el caballo termine montando al jinete.

15 ago. 2009

UN PUESTO DE TIRO / Confesión del vencido

Esta es una de las crónicas/ensayos de Armando Martínez Orozco. Sólo hay que leerlo. No digo más, porque lo necesario y lo suficiente están aquí, en estas letras jóvenes, pero firmes:
YO he estado muchas veces en mi vida en el umbral del fracaso. El traspié es mi tango y sigo firme. Poco me importa si me tumbó el rayo o el escalón. Mas vencido o victorioso he cuestionado a Dios y ni siquiera espero verle. Pecador honrado y orgulloso, de Él no habrá para mí ni Juicio Final ni Luz ni nada. Mi oro fuma su humo amarillo en otra banca. Acostumbrado estoy a las derrotas, a ser el último de la fila. Doy un paso adelante y casi anticipo las incontables caídas; doy un paso para atrás y apenas me llega un escalofrío de sal. El horror es cosa cotidiana, agua corriente, perra rabiosa. Como harían los poetas del siglo XIX, soñé los astros y las nubes en mis manos y encontré el horror, la verdad de cuchillos en mis ojos. De poco me sirvió darme cuenta, como Job, que: “Desnudo salí del vientre de mi madre, / y desnudo volveré a ella.” (Job, 1, 21). Aún así, nunca podría suicidarme. El mundo no es como yo quiero y no me importa. Eso sí, por negarme a las atrocidades intelectuales de la academia literaria, perdí. Las sombras frías sucedían a las sombras agónicas y éstas se titulaban con la tesis de licenciatura como si el planeta no mereciera personas tan esforzadas. Por mí hagan alpinismo sobre las olas. Me da igual. Yo esta ocasión dije “no”. Y, sin embargo, sonrío. Porque hasta Galileo conoció su mueca burlona en la ignominia. Al final, lo único que justifica mi felicidad es que me gusta la pesca como a Hemingway, melómano soy como Cortázar, y me debato entre morenas o güeras, altas o chaparras, coreanas o mexicanas, carnosas o flaquitas, besuconas o serias, y hallé en mis amigos un destello solidario. ¿Podría decirse que busqué la derrota? No lo sé todavía. Quizá como dice Luis Antonio de Villena: “La vida verdadera está en los márgenes.” Aquí, lejos de toda atadura académica, como lector autodidacta, encontré en mi sagrada soledad mi felicidad. Además de muchas aflicciones, la encontré. Ojalá nunca se acabara tanto gozo. Pero en febrero volveré a la escuela. Estaré de nuevo en un salón pequeño como cuarto de nosocomio, con treinta y tantas personas adentro, insoportable en el calor insoportable, con mi ausencia presente en realidad en el mar o en la calle, con ganas de amor porque sí, sólo porque la sociedad me exige ser alguien en su juego. Como si el olvido tuviera garras y fuera aún salvaje y caminara tras de uno con ansias violadoras. Un día de estos todos lloraremos la misma lágrima. Hasta entonces, sentenció Prometeo: “Quien tiene el pie libre de grillos fácil halla aconsejar y reprender al desdichado… Pero eso todo yo me lo sabía. Con plena voluntad, con voluntad íntegra erré… ¿A qué negarlo? Dando favor a los mortales, procuraba males a mí mismo. Pero nunca pensé que habría de venir a este suplicio y que habría de secarme en esta enhiesta roca, clavado en un risco solitario y triste.” (Esquilo, Prometeo encadenado, p.76).


4 ago. 2009

Contra el turismo y la canícula

Para mitigar el mal humor que nos causa el calor y, de paso, descargar el estrés, los colonos del rumbo estamos buscando maneras para contrarrestar las molestias del verano. Quiérase o no, vivir en una calurosa ciudad junto al mar que cada fin de semana, puente o periodo vacacional se atesta de turistas, obliga a los habitantes a buscar maneras para evitar que uno termine como Michael Douglas en “Un día de furia”: sudando como cerdo y disparando con una escopeta a todo aquél que se atreviese.

Nuestra colonia, que durante buena parte del año es ejemplo de civilidad y generosa convivencia vecinal, en el verano torna insoportable. Entre otras cosas porque, además del las altas temperaturas, los turistas invaden cada calle y vialidad del rumbo en su cotidiano peregrinar a la playa.Vivir cerca de una zona turística no es, de ningún modo, un privilegio. El turista de verano, ese individuo que viene a la playa a pasar incomodidades y, de paso, a generárselas a los habitantes del lugar donde llegan, suele ser igual o más dañino que las sufridoras olas de calor que por estos días nos aquejan.

Por eso, ante el temor de que nuestra colonia sucumba a las plagas veraniegas o que, debido a la canícula, se desate una epidemia de rabia humana (nota: la rabia humana es casi igual que la rabia canina, pero a diferencia de la segunda, quienes la contraen no saben que están enfermos hasta que un día se descubren ladrándole a las llantas de los carros), el comité vecinal decidió convocar a una junta extraordinaria para discutir sobre los agobiantes asuntos que el verano nos ha traído.

De esa reunión se desprendieron varios puntos de acuerdo que nos permitirán salir más o menos librados de las cargas de estrés y las presiones emocionales negativas del verano de nuestro descontento. Así, entre los acuerdos tomados está la de emprender una campaña para ahuyentar a los turistas y la invasión sistemática de los colonos a los centros comerciales que cuentan con aire acondicionado (no iremos a comprar nada, sólo a refrescarnos). Además se destinará, en el parque cercano, un área específica para que los vecinos acudan, por lo menos media hora al día, a sentarse bajo la sombra de un árbol a odiar al prójimo por un ratito. Lo anterior, con el objeto de irradiar la mala vibra y desquitar el mal humor ocasionado por el calor sin hacerle daño a nadie.

Siendo justo, debo otorgar mérito y decir que esta propuesta surgió al interior del grupo de la Tercera Edad de la colonia. “Déjeme odiarlo un ratito” es una iniciativa notable: Irse a una agradable zona arbolada a rumiar el odio por los demás, contribuye a aligerar esos instintos asesinos que a todos invade durante las horas del día en que la temperatura ambiental es insoportable. Por lo demás, cabe decir que esta iniciativa se ha ido enriqueciendo con propuestas creativas de otras personas. Alguien, incluso, mandó a hacer camisetas con una ingeniosa leyenda que dice así: “Sé feliz este verano: odia al turista por un ratito”.

Y ahora pienso que no haya nada más refrescante que detestar a los demás.


Milenio-Colima. 02 de agosto del 2009