18 ene. 2009

Historia de un perro público

Estoy convencido que en Manzanillo todo es posible en lo que a monumentos se refiere. Ya tenemos el monumento al marino, al estibador, al vigía, al pescador… A ver si ya le paran. Alguien decide inmortalizar la cabeza de un líder sindical, y al paso de los años y de un temblor, el monumento de va al fondo del mar. Alguien redescubre en las páginas de la historia que Benito Juárez se echó una pestañita en una choza del puerto, y toma la determinación de convencer, a quien se deje, de hacer una fea estatua de su figura. Alguien, en un arrebato de broma seria llama a Manzanillo Capital del Pez Vela, y llega Sebastián varios años después, cargando una escultura de treinta metros, muy rara, que dice ser un pez.
Así, si le seguimos, llegamos al hecho de que un día, hace varios años, uno de nuestros alcaldes se fue de vacaciones oficiales a St. Paul, Minessota. Y allá encontró, asombrado, muchas figuritas del perro Snoopy adornando parques y jardines. No es difícil conjeturar que, con la cortesía que caracteriza a los mexicanos, a nuestro alcalde se le ocurrió decirles a los minessotianos que qué bonitos perros, que ya quisiéramos tener una estatua perruna de éstas allá. ¿Y qué pasó? Pues que meses después llegó, procedente de Minessota, una delegación de funcionarios estadounidenses cargando litros de bronceador y una estatua de Snoopy. Correspondían así, impunemente, a la visita que nuestros paisanos les habían hecho. Imagino que el alcalde de St. Paul, antes de abordar el avión que lo traería a Manzanillo, le dijo a su asistente: “Ya quisiera ver la cara que pondrán cuando les llegue con este bonito Snoopy”. Esto, desde luego, dicho en buen inglés y entre carcajadas. Resultado: que ahora tenemos en la plaza principal, junto al maldititito pez vela, una réplica bien colorida del personaje de Peanuts.
Bien, pues para no decepcionar a los visitantes, las autoridades municipales de entonces decidieron instalar el Snoopy en un lugar muy concurrido. La decisión (muy importante y trascendental), tomada por el presidente y su cabildo, fue instalarla en la plaza principal. Y, como todos sabemos, lo que nuestros gobernantes deciden siempre está bien decidido. Diré, sin embargo, que en es entonces todo ese asunto de la instalación del Soopy me despertaba una infinita ternura (las estupideces ajenas siempre me enternecen), pero a la vez, unas ganas tremendas de idear mil bromas y comentarios sarcásticos. Porque después de todo, un Snoopy es motivo para reír. Por eso no me quedé con la ganas. A la fecha, sigo riéndome.
Pero, en todo caso, si de monumentos se trata, el Snoopy merece mis apreciaciones estéticas. Contrario al monumento al estibador, al pescador, al marino o al propio Juárez, que son un tanto lastimeros. Y si de personajes hablamos, diré que los pasajes históricos sobre Juárez siempre me aburrieron; en cambio, las tiras de Peanuts me movían a la risa. Júzguenme ustedes por ser patrióticamente honesto y antipatrióticamente risueño. Pero el monumento a ese perro, instalado junto a una fea estatua de Juárez y a un dudoso pez vela de Sebastián, merece toda mi consideración y simpatía, incluso mucha más de que la pudiera merecer cualquier candidato a la gubernatura.
Así, previendo que en unos días más se intensifiquen las campañas políticas, y que todos los espacios periodísticos estarán copados por los partidos, candidatos y declaraciones electoreras, me adelantaré a hacer mi propio pronunciamiento: ¡Pinche Snoopy, cuánto te quiero! ¡Snoopy para gobernador!

11 ene. 2009

La juventud senil

El secretario de la Juventud, José Manuel Romero Coello, a quien (según sus propias palabras), “le gustan los retos”, considera que su labor como funcionario y su trabajo partidistas ya le den derecho a aspirar a una candidatura.
Al declarar sus aspiraciones políticas, el joven funcionario está demostrando su espíritu emprendedor, su madurez, independencia política y su liderazgo… aunque (también en sus propias palabras), llegado el momento tendrá que “pedir permiso a su jefe directo”, el gobernador Silverio Cavazos. Seguro: no hay reto más grande para un líder que pedir permiso.
Pero el siempre optimista funcionario juvenil, además de asumir que ya merece su propia diputación porque está “trabajando fuerte en la secretaría de la juventud” y porque ha sido “parte del consejo estatal en dos ocasiones, consejero municipal y ahora mismo consejero nacional”, argumenta que quiere llegar al Congreso porque hace falta más gente joven en puestos de elección popular y porque (se animó a hacer cálculos mentales para decir lo siguiente), en la legislatura actual no hay ningún diputado menor de 30 años. Eso está bien, Romero Coello tiene en sus manos sólidos argumentos que difícilmente podrían impedirle el acceso a una candidatura: apenas cumplió los 27.
De mi parte, y sin intención de hacer menos las declaraciones de las irreprochables aspiraciones de Romero Coello, abriré un moderado paréntesis para decir que, como ciudadano, considero que entre los aspirantes a puestos de elección popular hace falta gente con menos grado de imbecilidad. Y antes de que me acusen de emitir un comentario discriminatorio, dejaré en claro que no estoy en contra de que los imbéciles lleguen a ser diputados, gobernadores o presidentes de la república. Eso sucede continuamente. A lo que me refiero es que, de algún modo, los ciudadanos deberíamos ser menos condescendientes con los políticos imbéciles (¿o lo correcto es “imbéciles políticos”? Bueno, como sea). Basta ya de darle cuerda a tontos y a locos. Hay que hacerles ver sus limitantes. Luego, por buenas gentes, tenemos que soportar a gobernantes o legisladores cretinos. Fin del paréntesis.
Volviendo al excelente secretario de la juventud, quien en un acto de total valentía también ha declarado que, de llegar al Congreso no (sólo) irá a “levantar la mano” (y si tiene que hacerlo, antes asumirá el reto de pedirle permiso a su jefe inmediato), sino que (también) gracias a su preparación académica (fue a la escuela y es licenciado, a diferencia de los muy maleducados), será un diputado que legisle a favor de los colimense. Eso también esta bien, a ningún colimense le gustaría que sus diputados legislen a favor de, por ejemplo, los yucatecos (los cuales, por cierto, no tienen nada de malo, pero por su forma de hablar uno nunca los puede tomar en serio).
Ahora bien, entre las cualidades que el propio Romero Coello dice tener como político, se encuentran las siguientes: 1.- Es (o tiene) una cara fresca. 2.- No tiene cola que le pisen. ¿Son suficientes? Parece que sí, sólo declaró sobre esas dos cosas. Aunque el hecho de ser (o tener) una cara fresca es una cualidad contradictoria. No sé usted, pero yo, a los que dicen ser una cara fresca, los imagino untándose guacamole en los cachetes antes de irse a la cama. Y con respecto a que no tiene cola que le pisen, pues eso ya no es una cualidad. Lo admirable sería que la tuviera, aunque se la pisen.
Una cola siempre será algo digno de resaltar; sobre todo si la persona que la tiene también le gustan los retos. Claro.
Milenio Colima. 11 de enero del 2009